jueves, 6 de agosto de 2020

INSTRUCCIONES PARA VOLAR A ÁFRICA

 

Estoy seguro, cerca de vuestra casa hay un aeródromo. Y no es extraño encontrar allí apasionados de los aviones antiguos, viejos pilotos que aún disfrutan sintiendo el aire en su cara. Podréis reconocerlos por sus gruesas cazadoras de cuero, por los mapas mal doblados que asoman por cualquiera de sus bolsillos y, definitivamente, por esa afición a las barras donde exageran viejas historias.

Contratad a uno de ellos y disponed todo para la partida.

Os aconsejo equipaje ligero, un avión siempre lo agradece. Imprescindibles cazadora y botas fuertes, buenas gafas de sol y un pañuelo que os cubra la cabeza. Mejor ropa transpirable; no intentéis ahorrar en la tienda de campaña. Antes de despegar, indicadle a vuestro piloto que no abandone rumbo 180. Recordadle también que no estorban las cartas de navegación y un buen manual de vuelo en la guantera de un avión.

No os habréis acomodado aún en la carlinga cuando estaréis sobrevolando el Estrecho de Gibraltar. Observaréis que allí dos mares se juntan en un peñón. Con seguridad os moverá el levante allá arriba. Esa bruma suele enfriar el rosto, pero rápido aclarará y podréis distinguir un paisaje verde, quebrado; un sin fin de casitas blancas se derraman salpicando sus laderas. Tan pronunciadas muchas de ellas, que desembocan en playas inmensas y abiertas hechas de espuma y sal; envueltas por esa luz que os parecerá nueva.

Inmediatamente el piloto recibirá la señal de un radiofaro; junto a él, una gruta: es África.

Vuestro piloto ya sabrá que puede volar bajo sobre la amplia llanura del Gharb. El poniente fértil tapizado de cereal, de cartesianas tramas de olivo. Aún pueden encontrarse monedas romanas con el arado. No le costará encontrar un pedazo de campo despejado para vuestra primera escala. Montad la tienda y descansad. El atardecer puede ser un buen momento para charlar. No le creáis todas las historias; tampoco las echéis en  saco rotro. Se os hará tarde al amor del fuego, pero despegad con la primera luz.

Esa jornada no será extraño ver ahí abajo mercados bulliciosos en los cruces de los grandes caminos. Hasta topar con una pared rocosa de una cordillera cicatrizada por gargantas. Una vez rebasada, se precipita hasta amansarse en el amplio pedregal que vuelve la vista marciana y ajena al mundo. Allí el viento parece no haber encontrado nunca límites y pulveriza sin tregua la roca en arena formando el Gran Desierto.

 

Protegeos del sol. Llevad abundantes reservas de agua. No intentéis atravesarlo de una vez. Aterrizad y dejad que descanse el piloto. Revisad el motor. Escuchad la Tierra. Llorad, si sabéis, bajo la eterna noche azul. Escuchad las rocas estallar. Poned nombre a una estrella y bautizaos de toda esa inmensa soledad.

Serán varios días despegando al amanecer, ganando altura, luchando contra las tormentas de arena. Hay quien prefiere ponerle vaselina al exterior del motor para protegerlo del polvo fino y voraz. Sólo así podréis dejar atrás las dunas para llegar más lejos.

Un día, el suelo irá perdiendo ese tono ocre. Abajo, os señalará el piloto una gran mancha verde. Encontraréis una frondosidad enmarañada de lianas y pantanos por la que serpentean ríos oscuros y lentos. Volad alto a la vista de la selva tropical, evitad las capas más húmedas. Si no fuera por el viento, podríais escuchar variados sonidos aviarios o la premonición misteriosa y amenazante de los tambores. Montad guardia a la puerta de la tienda cada noche rifle en mano. La selva no perdona al viajero incauto.

Pronto será el momento de esa botella que acomodasteis entre la ropa. El piloto os indicará latitud 0º. Abridla y brindad. Un cielo nuevo os espera esa noche.

Pero antes de lo esperado, cuando la piel parece haberse acostumbrado ya a la transpiración y los insectos, en una transición inadvertida incluso para los ojos más atentos, el suelo se os volverá adusto, arbustivo. El paisaje se irá alisando, propicio para lances de caza y carreras, pensaréis de inmediato. Con el sol ya a la espalada, encontrareis las primeras manadas espantadas por el ruido del motor. Os llamará al tacto la textura suave de su piel de hierba, sus grandes árboles solitarios; a la mirada el incendiado anochecer recién aterricéis. Se os ensanchará el espíritu, creedme.

Pedidle al piloto un último vuelo rasante al amanecer. Allí el horizonte no parece poner obstáculos al pensamiento. Luego Despedidlo. Quemad el avión. Contemplad la esbelta columna de humo y no os arrepintáis. No busquéis nunca la forma de regresar.

 

A Santiago, que lo inspiró, como tantas otras cosas.

Toledo, agosto 2020

lunes, 11 de mayo de 2020

Condesa de Bridgestone

La fabulosa condesa de Bridgestone contaba con noventa y tres años. Dormía del tirón y gozaba aún de una gran vitalidad. «Lo que no consiguió Hitler en el 39 no va a conseguirlo ahora un maldito virus», había afirmado a sus compañeros de asilo en Colchester. Sus actividades no se habían visto reducidas a pesar de la pandemia. Había ganado ya dos de las frenéticas carreras que se organizaban de la sala de televisión al comedor, las que el director tuvo de prohibir por las apuestas. Pero esa noche esperaba con tensión en su dormitorio, se jugaba toda su fortuna. A la señal convenida, alguien desconectaría el sistema de oxígeno del edificio. Ella había apostado por el madrugador Peter, el galés de la 314.
Al día siguiente sonrió satisfecha cuando bajó al desayuno y encontró la silla de Peter vacía. Cuando, instantes después, vio aparecer al anciano coronel Wallace en su silla de ruedas con los títulos de propiedad de varias posesiones sobre sus rodillas.

martes, 5 de mayo de 2020

ALCANFOR


La puerta siempre estaba abierta, solo tenías que girar el pestillo y se producía ese golpe seco; su eco en el gran portal de entrada, chirrido de goznes y aquella bocanada de aire fresco y oscuro. ¡Agüelo! Gritabas. ¡Agüela! Y la distante y amortiguada respuesta: Aquí. Se te acostumbraban los ojos y enseguida observabas el friso recorriendo la pared. Dios bendiga cada rincón de esta casa en un Sagrado Corazón de Jesús, todavía con su pegatina de la Librería Pastoral Diocesana. Abrías la puerta de la sala y en la mesa camilla, casi atufados por el picón, tapados con las faldillas: mis abuelos. Ambrosio y Ángeles. Ambos envueltos en una neblina de perceptible ancianidad rural.
A mi abuelo se le había quedado el acto reflejo de esconder Mundo Obrero en cuanto sentía la puerta. Lo metía debajo del cojín de una silla y justificaba la postura cogiendo la badila y atizando el brasero. Ardían las cañas de las piernas en cuanto te sentabas. Sólo entonces, mi abuela te afeaba el tipo, la ropa, el peinado y te contaba de muertes y desgracias del pueblo.
Mi abuela iba de luto. Tenía una lata de membrillo con una escena castiza en su tapa que contenía estampillas de santos a los que rezaba diariamente. Era muy devota de Santa Gemma Galgani, patrona de los farmacéuticos, de los que era buena clienta. Enumeraba sus males por orden posológico: esta es para la circulación, una por la mañana; esta para la cabeza, con cada comida; esta para el corazón, dos al día; esta es para las piernas, cuando me duelan. E iba apartando pastillas como escogiendo lentejas.
Mi abuelo veía los toros y escuchaba la radio. Le gustaba el Viti. Leía los Interviu atrasados que le llevábamos y nunca contaba cosas de la guerra. Tenía los dedos de la mano con una textura como la de las zanahorias. Y un pelo blanco y tupido bajo la boina. Hizo la mili en África. Había salido adelante en silencio. Llevaba ahora en la cara los surcos del campo. Pasaba mucho tiempo en el corral haciendo picón y apañando las gallinas. Nunca nos dejaba subir solos al doblado. Fue él quien le puso a la gata Nadiuska.
Mi abuela se echaba Agua del Carmen en el pelo. Todavía puedo olerlo. Usaba palangana y tenía un arcón en la alcoba donde yo dormía lleno de cobertores y comida. Legumbres y aceite, sobre todo. Por si venía otra guerra, explicaba. Dios quiera que no conozcáis vosotros una guerra, apostillaba. Había orinales bajo las camas y colchones de lana donde te hundías hasta desaparecer. Era agradable dormir las amanecidas en esa luz dulce que entraba por el ventanuco.
Mi abuela no usaba gas. Hacía cocido en una lumbre. Y lavaba en una tabla con Nieve al lado del pozo de la mano negra donde nos tenían prohibido asomarnos. Olía a alcanfor siempre que abrías un armario. Se peinaba cuando salía el Papa en la televisión y despedía al presentador del telediario como si pudiera escucharla. Quede usted con Dios, le decía. Y apagaba la tele. 
Mi abuelo pasaba las tardes echando la partida en el bar de Constante o en el melonar a la sombra de un chamizo con otros viejos. A veces me llevaba y les escuchaba hablar del tiempo y otras cosas.  Fumaban Mencey y se reían con los chistes verdes. Un día, uno de ellos contó algo de la guerra. Mi abuelo no dijo nada. El hombre es del bar y de la calle, la mujer es de su casa y sus hijos, sentenciaba mi abuela.
A mi abuela la visitaban: Paula la Zapardiela, la Boni, la Cristina y la Petra. La primera blasfemaba, la segunda era pícara y gorda, la Cristina llevaba pañuelo en la cabeza cuando venía de la huerta y la última siempre iba con prisas porque llegaba su marido de la obra. La Petra era recogida, discreta; de pómulos marcados, un rostro de hambre y guerra. Destilaba una pobreza digna y abnegada en su mirada de simio inocente.
Mi abuela cosía por las tardes con la Singer, que estuvo escondida durante la guerra. Mientras pespunteaba, Elena Francis aconsejaba: querido Capricornio de Manresa, si la quieres, la respetarás. En la guerra quitaban todo, me contó una de esas tardes. Un día volvía del lavadero y en la casa de un rico, a través de una ventana abierta, pudo ver su alcoba de casada. La cama, las mesillas y la cómoda. Y el palanganero. Eso me contó, y luego se calló un buen rato.
Un día llegó una carta certificada. Era una medalla para mi abuelo. De la guerra. Y mucho dinero. Mi abuelo dijo que le reconocían algo, que debía haber sido cosa de Felipe González. Mi abuela se puso a llorar. Manda cojones, Ángeles, después de los años, dijo mi abuelo. Luego la besó en la frente y me dio vergüenza. Bendito sea Dios, Ambrosio, que no venga otra guerra, dijo mi abuela.
El tiempo parecía haberse quedado atrapado entre aquellos gruesos muros de tapial. Remansado y pacífico, antiguo. Un tiempo de alcanfor. Ellos mismos parecían atrapados allí. Mi tío les llevó una vez de viaje, por eso había una foto en blanco y negro sobre el aparador de la sala donde se les veía a los dos posando en el Monasterio de Piedra. Sólo en esa foto pude verles fuera de su casa. Mi abuela decía que bastante había andado durante la guerra. Mi abuelo que no podía dejar solas a las gallinas. Ve ahí, apoyaba mi abuela.
Cuando nos íbamos, se quedaban los dos en la puerta hasta que el coche desaparecía calle abajo, hasta que giraba por la calle Ancha. Entonces, yo me volvía y les veía como dos acentos trazados sobre el muro de cal. Y aún me parece verlos allí de pie. Despidiéndose.

Mayo 2020
Relato ganador en el concurso Zenda Libros #Nuestros mayores



domingo, 12 de abril de 2020

Héroe en pijama


Pues sí, nuestro héroe es un héroe al uso. Lleva capa, traje y máscara. Va armado y actúa cuando más lo necesitas. En casa somos muy clásicos para según qué cosas. Cuando la vida oscurece, cuando la esperanza parece desvanecerse, es su momento. Su capa: una tira de cortina de baño de Ikea que corté y confeccioné con maestría de principiante; su máscara: un trozo de cartón para trabajos escolares recortado con la cara de un castor que se llama Curtis de incisivos notables y nariz amarilla. Y como no hacemos más que limpiar y colocar armarios durante la cuarentena, decidimos que aquel olvidado esquijama gastado y rojo le sigue quedando como un guante y es de lo más adecuado conjuntado con los pantalones cortos del verano pasado que se pone encima.
Ya ondea su capa con la última brisa de la tarde; orgulloso blande su espada de espuma que a mí se me viene siempre al recuerdo Saint-Exupéry, no sé por qué. Sale al balcón y después ese grito: «¡Tente, coronavirus!»

En er mundo



—¿Se le olvidará tocar la trompeta, doctor? Es pasión lo que ha tenido siempre por ese endiablado instrumento —. Preguntó Merche, su esposa.
Hoy Germán ya no recuerda ni su nombre. No reconoce a Merche ni a sus nietos. Ni mucho menos a los de la banda municipal con los que solía dar aquellos aclamados conciertos en verano. Ahora podría confundir un trombón con un instrumento de tortura medieval. El Alzheimer no cesa en su trabajo de demolición. Y más ahora, por la cuarentena, que se han suspendido las actividades de recuperación para este tipo de enfermos en el centro al que acude a diario. Merche cuida de él. Y a menudo se le queda mirando, sentado en su sillón, donde examina con extrañeza todas esas partituras y que son para él ya un lenguaje de garabatos indescifrables.
Pero, en contra de la predicción médica, a Germán no se le ha olvidado aún tocar la trompeta. Hay enfermedades que pueden llegar a ser muy crueles.
A Germán se le dan bien los pasodobles, y cada tarde dedica unas horas a entonar esos solos con los que ganó su fama entre los aficionados locales. Cuando remata uno de ellos, se queda esperando. Busca a su alrededor no se sabe qué. Y al cabo de unos instantes agacha la cabeza y pregunta a Merche por qué nadie le aplaude ya. Merche no sabe qué decirle. Se encierra en la cocina y llora. Luego, por ocuparse, se pone a preparar comida para varios días mientras escucha en la radio el parte de muertos, de infectados, la evolución de la enfermedad. Piensa en la familia, en Germán, y llora de nuevo. Se siente inútil contra esta pandemia.
Merche siempre había sabido obtener ventaja de los inconvenientes que se le habían presentado. Es eso lo que hace un verdadero héroe, y no volar enmascarado con una ridícula capa y un estúpido anagrama en el pecho.
Se le ocurrió un día haciendo natillas. Se acercó al salón y dijo:
—Germán, ponte el uniforme que esta tarde tienes concierto.
Germán siempre es puntual para la música. Así que a las ocho en punto estaba en la terraza. Comenzó con los primeros compases de En er mundo, su pasodoble favorito. Cuando remató el solo de trompeta, comenzó a hacer reverencias para agradecer todos esos aplausos.

Abril 2020
(Basado en una noticia escuchada en la radio)

jueves, 26 de diciembre de 2019

JESUSITO

Uno puede enredarse fácilmente en la telaraña de los recuerdos. Puede abrir viejas cajas para sacar adornos. Recrearse, quizás, al encontrar alguna foto olvidada. Dejarse hipnotizar por las luces que adornan las calles y salir por el placer de pasear o a comprar regalos para familiares. Buscar juguetes para los más pequeños, perderse entre los puestos de una plaza buscando nuevas figuritas para el nacimiento. Escuchar villancicos con cascabeles y dejar aflorar un irrefrenable optimismo envuelto en esa forma asociada de felicidad que despiertan. Puedes levantarte un día y decidir que todo eso va a ocurrir y, entonces, disponerte a montar un gran árbol de Navidad en el salón de casa. O beber. Beber solo y caer borracho al suelo. Amanecer en un charco de vómito y orines para arrastrarte un día más hasta la botella. Encender otro cigarro y toser con sabor a sangre y lágrima en la garganta. Abrir de nuevo el armario de la habitación del final del pasillo y volver a encontrar los patucos, un par de arrullos y todo lo demás. Y ese jesusito azul en su cajón. Sin estrenar.

viernes, 11 de octubre de 2019

MORO

A menudo tengo que dejar de leer y tomarme un instante para observar a Tango dormir en el sofá pegado a mi pierna. No puedo evitar la tentación de pasarle la mano por el lomo hasta provocar esa especie de rezongo apagado y profundo que emite de puro gusto, de infinita satisfacción. Una forma más que tiene de agradecer la vida que le damos. En una cuidad donde vive repleto de atenciones, juegos, buenos cuidados veterinarios y largos paseos por el parque. Uno más de la familia. Tan implicado que ha llegado a distinguir qué día de la semana es o a dónde nos dirigimos y cuándo volveremos según el calzado o la colonia que usemos. Sin embargo, la primera vez que vio un conejo en el campo huyó despavorido a refugiarse en mis pies preguntándome con la mirada qué podría ser aquel engendro. Tango es la vergüenza de los cocker. Pero es nuestro perro. Alguna noche me quedo mirando esos ojos antes de apagar la luz —sí, duerme en nuestra cama—, me miran tan cerca que me pregunto qué puede haber en el fondo de ese abismo insondable que crece tras sus pupilas azul oscuro. Siempre me ha parecido un milagro que hombre y perro puedan conversar así, en silencio. Pero enseguida resuelvo que no es más que su instinto, una querencia interesada y yo, quizás, deba apagar ya la luz y tratar de dormir a pesar de sus frecuentes ronquidos.

Crecí en una tierra dura, sí. En un tiempo en que cada hombre, cada animal, tenía su sitio. Los perros en el corral. A menudo en casetas pequeñas e infectadas de bichos donde apenas podían moverse, casi siempre atados a una cuerda corta a la que pasaban amarrados su triste vida sin estímulos con el único sustento del pan duro, sobras de comida —si había— y tremendos varazos en las costillas las noches que abusaban de los ladridos. Pude presenciar no pocas palizas cuando aullaban. «Barruntan muerto», se decía. Los perros huelen la muerte como las lechuzas presienten la de los niños. Y uno crece con eso, enseguida lo incorpora a su catálogo de hechos habituales como ver a las mujeres siempre en la casa y los hombres sobre el tractor o en el bar.
Don Emiliano dijo que tenía algo de podenco cuando le llevamos a vacunar, pero que era cruzado y que seguramente se habría escapado de alguna cacería. Y negro. Le puse Moro. Mi padre lo vio bien y me trajo un collar usado que traía una pequeña plaquita donde grabamos el nombre. Cuando lo encontré en aquella cuneta solo y tísico, no se me ocurrió qué utilidad podría tener un perro en casa que no fuera la caza, y mi padre ya había colgado la escopeta por un reuma que le vino aquel invierno. Además, estaba claro que el Moro no tenía aptitudes venatorias. Le aterraban los cohetes, las explosiones, los ruidos. Así que como teníamos un negocio de venta de materiales de construcción, guardaría el almacén, resolvieron mis padres por darme el gusto. El Moro, después de acompañarme a la entrada de la escuela, volvía a la nave y allí se pasaba la mañana entera pendiente de todo, cuidando de que ningún extraño se colara donde no debía antes de ir a recogerme a la hora exacta en que nos soltaba el maestro para escoltarme de nuevo. Pasaba las noches en su caseta con la misma función. Desde nuestra casa, adosada al negocio, podíamos oírle ladrar cuando algo extraño sucedía. Tenía un ladrido muy particular, ronco y desproporcionado para su raza; tanto que sin verle, uno podría suponer de él un temible y violento perro de presa. Pero el Moro no sabía tener maldad más allá de su peculiar voz de tenor. Solía acompañarme a las excursiones por el río con mis amigos, a los que incluso les permitía subirse en su lomo cuando nos daba por jugar a vaqueros e indios. No recuerdo que se le lavara nunca, y no protestaba si mi madre lo espolvoreaba con Zotal para matar los racimos de garrapatas cuando ya no podía ni abrir los ojos. Jamás un amago de violencia, un mal gruñido ni los dientes fuera de su boca. El Moro era abnegado y paciente.

Les divertía tirar petardos encendidos por encima de la tapia. Luego, por un ventanuco, disfrutaban de ver al Moro enloquecido, corriendo sin rumbo presa del pánico, ladrando y golpeándose contra los palés de ladrillos y cemento. No sé exactamente de quién pudo ser la idea de saltar y atarle esa ristra de latas al rabo. Todos los de esa panda disfrutaban con eso y con matanzas de gatos o palomas. Sé que el Moro se dejó hacerlo, eso seguro. Y no me creí nunca que llegara a morderlo. Pero  lo cierto es que su padre vino a mi casa a la hora de la cena y habló de médicos y costes en el salón con el mío mientras yo me terminaba, lo recuerdo, una tortilla francesa.
            «Ve a buscar un saco a la nave», me ordenó mi padre mientras le vi dirigirse al armero.
El Moro se arrugó con el tiro. Como si tuviera frío. Se quedó encogido sobre el suelo. Le salió mucha sangre por una oreja. Dejó aquella mancha en el patio durante meses.
            Luego el saco, el puente. Anochecía. Cuando lo tiramos sonó igual que nuestras zambullidas desde lo alto del ojo principal. Esas que el Moro celebraba desde la orilla con su peculiar ladrido.
Lo dejamos flotando sobre la corriente como una pequeña y abultada isla a la deriva. Graznó el primer cuervo antes de descolgarse de la rama e ir a posarse sobre aquel saco hinchado para dar el primer picotazo.
«Vámonos al pueblo, dijo mi padre». Y arrancó la furgoneta. 


Octubre 2019