martes, 4 de enero de 2022

Argüelles

 

Las luces de Princesa y los villancicos aventados desde las tiendas me encendieron un tanto el espíritu. Fue un reflejo involuntario. Anónimos ante los escaparates, madres con compras, niños de la mano; grupos de jóvenes ruidosos. Gente. Un ciego vendía en la puerta de El Corte Inglés; al lado, una chica esperaba mirando el móvil.

Reconocí el portal, aunque lo habían reformado. Terminé de subir la escalera y llamé. Sagrario seguía allí. Anciana, con un hilo de voz y un velo en los cristalinos. Ya casi no veo, sabe usted, dijo al abrir, pero recuerdo bien su voz a pesar de los años. Pase. Allí olía mal, como a gato. Escuché un rumor de televisión en alguna pieza del pasillo. He tenido que coger huéspedes, justificó, la pensión, ya sabe.

Aquella estancia: los muebles, el cuadro, los arcanos y las canicas; junto a la ventana, la mesa camilla donde un día la había observado comer sandía. Todo igual, todo distinto. Al fondo del pasillo, el cuarto donde hace ya tiempo jugué unos minutos y marqué en la final del mundial de Alemania en el 74.

Lo que me pide no es fácil, advirtió. Ni barato. Apenas me llega ya el don, sabe usted. La edad. Se quedó en silencio tratando de adivinarme con la mirada. Llega un momento en que no vienen, como si se olieran que pronto seré yo quien vaya con ellos. Pero pasemos, sígame antes de que se haga más tarde, me gusta cenar pronto.

La tarima del pasillo crujió a nuestro paso. La televisión donde se oía un concurso bajó un tanto el volumen.

El cuarto estaba en penumbra. Esta vez era una bola. Una bola de cristal sobre una pequeña mesa con dos sillas plegables, así de previsibles son a veces estas cosas. Sentí una forma de defraudación cuando nos sentamos e impuso sus manos sobre la esfera; cerró los ojos y comenzó con esa letanía indescifrable. La bola comenzó a iluminarse. No deje de mirarla, me ordenó. Ridículo, pensé. Pero si alguien podía hacerlo, si alguien podía devolverme aquello, era Sagrario.

 

Aquel mantel, la mesa del salón extendida. Mamá dice que, aunque una vez al año, hace su servicio. Como la vajilla blanca y las copas talladas. Sentí vértigo cuando comprobé que podía oler el horno, moverme por la casa; que escuchaban mi voz y me veían como si tal cosa. Si fuera borracho, lo sería de sidra, dijo mi padre cuando abrió la botella de El Gaitero para llenarnos las copas. Mis hermanas brindaron exagerando el gesto. Un paquete de Winston sobre la mesa de la lamparita verde, junto al cenicero centrífugo. Un pino triste y retorcido al que adornaban dos tiras de espumillón. Me reflejé en una de sus bolas. Fui yo, con una sonrisa a estreno. Pude mirar con detenimiento aquel niño. Vi reflejadas todas las mesas de Nochebuena, las fuentes de langostinos, la vieja cazuela de barro para el cordero y nosotros escuchando a mi abuelo con su boina contando aquello de Castuera al final de la guerra. Vi a la abuela de luto, escarbando en la fuente de los dulces, buscando almendras rellenas de turrón blando. Solía haber pocas bolas de coco, aquellas que solo nos gustaban al tío Javier y a mí. El especial televisivo con playback. Juegos reunidos, aguinaldo y calefacción central. Todo sumergido en un tiempo líquido.

Acabo de afeitarme. Suena el portero automático, un amigo de la universidad pasa a recogerme en su Golf. Madrid. Camisas de cuadros con Panama Jack. Garitos con suelos pegajosos. Copas y serpentinas. Tantas de la madrugada, un teléfono fijo apuntado en el paquete de tabaco. Saltos de esquí con resaca.

Alguien espera en una mesa para cuatro, hay una caja de polvorones sin abrir. Ruido de fondo. La imagen se distorsiona. Pueden verse otras mesas, otros manteles. Se multiplica con otras bandejas que son la misma bandeja, siempre con polvorones y mazapán, con turrón duro y turrón blando, y esa fruta escarchada que nadie quiere. Sin panderetas ni villancicos. Con extraños pidiéndote el tarro de mayonesa.

La vida contrayéndose justo después de aquella deflagración. Me quedé solo, cenando a la luz de una lamparita una botella de vino con embutido en el apartamento de la Rue Lulli. Señalé a Cortázar en el Old Navy. Estuve vagando por calles y plazas mojadas, rebuscando entre los restos de los embalajes apilados junto a los contenedores de basura mi tanque de Geyperman. Atravesé una playa de Orihuela llena de ingleses borrachos vestidos de Papá Noel y llegué de nuevo al salón. Estaba vacío, tomado por un Adviento eterno. Había una mascarilla olvidada sobre la mesa. Persistía en el aire aquel perfume que solía ponerse mi madre. Grité.

Miré el calendario y entonces, todo se anegó de un silencio ancho.

 

Sentí todo aquello irse como una corriente, tal y como se siente en los pies cuando la ola se retira al mar y quedan posados sobre la arena. Una brisa y todo terminó por desmoronarse, convertirse en polvo, esas y todas las Navidades.

 

Me supe de nuevo en Argüelles. El cuarto seguía en penumbra, aunque aún sobrevivía un tenue rescoldo en el interior de la bola. En aquella luz, Sagrario parecía muy cansada, con una tentativa de llanto en la mirada. Ha visto más de lo que debería, aseguró. Me había quedado un sabor intenso a cobre en la boca. Empapado en sudor, sentí frío y comencé a temblar. Bébase el tazón que le he puesto sobre la mesa camilla antes de que se enfríe, me indicó, es Eko.

Enseguida entré en calor. Y no me pareció caro cuando le entregué su dinero sabiendo que sería la última vez que la vería. Sin contarlo, se lo llevó al escondite de su disminuido escote.

Sagrario había cumplido su parte. Una vez más. Decidí caminar. Me abrigué bien e inspiré hondo. Un pulso de felicidad me tocó dentro al ver las luces de Princesa.

 

Toledo, diciembre 2021


jueves, 28 de enero de 2021

Apellidos

 

A Meneses le pusimos Elleses por las zapatillas. Se peinaba raya en medio y cortejaba a las de las Carmelitas. Teníamos polideportivo cubierto y vestuarios con agua caliente, calefacción en las clases y apellidos ilustres. Detrás, ese edificio triste para los seminaristas. Venían de Burgos, de pueblos de Palencia, de sitios así. Traían sus almas sin estrenar y sus pantalones de tergal. Olían a cereal. A mí clase iban dos: uno, Pedro, gastaba bombachos; otro se apellidaba Severo, fumaba.

El sol entraba por los ventanales y estampaba cierta calidez sobre las baldosas de terrazo. Por la tarde incendiaba el polvo de tiza suspendido en el aire. Aburrimiento. Horas de plomo. Don José sudaba mientras dibujaba triángulos; el Chema dormitaba; a don Carlos le quitábamos los cigarros en sus descuidos. El Chirigota nos enseñaba con el tiralíneas. Oración a la entrada, misa semanal, confesión mensual. El viernes a última: gimnasia.

Había un crucifijo sobre la pizarra. El cuadro del Padre Champagnat, con su peinado de playboy, presidiendo el gran pasillo. Donde se multiplicaba el eco de mil gritos y se cambiaban las cintas vírgenes para grabar; se agolpaban las bolsas escolares y las subcarpetas decoradas de grupos. Derramándonos la adolescencia a chorros. Donde todos los mitos.

El bachillerato mediopensionista: después del comedor, estudio; autobús, Ducados y los gilipollas de primero C.

El Churri iba en una lista de Alianza Popular. Nos había martirizado durante meses con La Celestina y palabras como hipérbole. Lucía bronceado de caza. Imponía una disciplina fuera de tiempo, sirviéndose a menudo de una regla de madera que ya no nos impresionaba. Pero sacó una plaza de senador por la provincia en las elecciones de Felipe González. Algunos le aplaudieron el éxito aquel lunes cuando se despidió llevándose su regla y sus hipérboles.

El sustituto fue uno de los hermanos del pabellón de E.G.B. Vivía al fondo, en el seminario. Jersey de pico ceñido, camisa a cuadros; pantalón de campana planchado a raya. Lo minusvaloramos a la vista, un profesor de niños. No usaba la tarima, se quedaba abajo, a nuestra altura, de pie enmarcado por la pizarra; tan menudo que parecía querer ocupar el mínimo espacio posible. Sus gafas se oscurecían cuando incidía en ellas la luz; entonces, en su cuello brillaba un crucifijo.

Con acento del norte nos instó a guardar el libro de texto en la cajonera. Lo dijo de un modo que parecía que renegara de él. Repartió unos folios grapados con un texto para leer por turnos.

Aldecoa, nos aclaró.

 

No recuerdo su nombre, a todos solíamos llamarles únicamente por su tratamiento religioso. Me regaló aquel libro de cuentos cuando salíamos de la misa fin de curso. Toma, me dijo, termínalo en las vacaciones.

Ese verano me encontré aplastado por el calor. Al pie de una carretera con la brigadilla, reparando ese tramo de comarcal, esperando a que la urraca cruzara la carretera. A la lumbre bajo un puente, con los vagos. En vagones de tercera o andando caminos polvorientos de segador en una cuadrilla. Buscándome la vida en la ciudad, esperando mi oportunidad como esparrin en un gimnasio de barrio. Había otros apellidos.

A la vuelta, en septiembre, formábamos en el patio el primer día. Los profesores nos nombraban por el apellido para hacer los grupos. Nadie quería ir al C. Llevaba conmigo el libro para devolvérselo al hermano. Lo busqué, pero ya no estaba.

 

Enero 2021


martes, 26 de enero de 2021

Atrix

 A doña Pili, claro.

Doña Pili escribió por mí las primeras palabras. Yo sólo tenía que dejarme llevar. Su mano cubría la mía y la guiaba por el cuaderno de caligrafía. El lápiz recorría las letras: la i, con ese rabito largo que enlazaba con la eme; la o, que acababa con un flequillo levantado al viento. Sus dedos finos y precisos, los tendones del dorso marcándose en ese abrazo táctil que acompañaba el trazo. Recuerdo completar la palabra limonero, un gran crucifijo entre dos cuadros y una mesa de madera con dos cajones. Doña Pili guardaba en uno de ellos una lata verde de crema. Atrix, para manos. Un olor que aún me asalta por sorpresa en algún desvelo o en una carretera aburrida.

Y un día pude leer: la flor del limonero.

 

Enero 2021

 

sábado, 9 de enero de 2021

LUIS VIENE CENADO

 

A mí no me gusta afirmar que somos una familia porque me parece una recontrahorterada. Y no están las cosas para ponerse en evidencia.

Cualquier jueves, Bruno y Ángel se ponen a nuestra derecha, en la pequeña mesa bajo la única ventana. Ángel suele hacer crucigramas y Bruno se escribe con no se sabe quién por el móvil. Tienen la confianza suficiente como para no hablarse delante de una copa de vino.

Luis llega siempre tarde. Viene cenado, dice. Por eso le espero en la barra, tomándome la primera con Ramón, que ha repuesto ya las cámaras y hojea un dominical atrasado con sus gafas de cerca. Abrió el bar el verano del 78, cuando el mundial de Argentina. Para los amigos, algo privado, por tener un lugar fresco donde refugiarse. Y, al final, le cuadró, lo abrió al público. Despacha cerveza, refrescos y espirituosos. Se puede comer patés y queso. Tiene muy buena música en su estantería de CD. Abre todas las noches.

Hilario, de pasos graves, se saca el sombrero y esboza un saludo más visual que sonoro. Se pone en su mesa, junto a la entrada, y espera paciente a Carmen. Aparecerá más tarde, saludará con un poco más de efusividad, se quitará la mascarilla y el chaquetón y se darán un beso superficial para comenzar a contarse el día entre susurros y vinos. Suponemos.

Deja el abrigo en uno de los ganchos de ese mueble recibidor antiguo con espejo y perchero. Luis calza zapatillas a pesar del tiempo. Se aplica el gel hidroalcohólico que hay en sobres encima del palanganero y se acerca a la barra para pronunciar mi nombre en su forma exclamativa como saludo. Nos preguntamos cómo nos va y decimos que bien, que aquí estamos como cada jueves. Vivos. Le insto a que empiece ya con la cerveza, que le saco una ronda de ventaja. Ramón se la pone. Y nos vamos a nuestra mesa con los tercios y el plato de patatas fritas. Cortesía de la casa.

En este agujero la humedad ofrece una de sus más vistosas manifestaciones; con virtuosismo, se plasma en las paredes adoptando formas caprichosas que desafían a la cartelería de arte abstracto, al revoco y al friso de corcho, ofendiendo la pulcra y severa mirada de algún turista ocasional. Y nos gusta así.

Javier ingresa a grandes pasos. Porta la toga en su brazo. Se sienta con Bruno y Ángel. Nos informa de acuerdos en pasillos de juzgados, demandas y sentencias firmes. De esas cosas. Aquí sabemos agradecer las noticias jurídicas igual que las del tiempo. Para que luego no digan que no sabemos interpretar los decretos del toque de queda: saber si uno debe, o no, regresar a casa antes de tal o cual hora; indicar a Ramón cómo defenderse de los inoportunos municipales; la ocupación máxima de las mesas. Si podremos salir algún día de aquí.

Así que hemos terminado por encontrar cómodas las sillas de tijera, las estrechas mesas desniveladas, la cortesía del frío, al que nunca logran doblegar dos estufas catalíticas, y la oscura y extraña amabilidad del baño, oculto tras una cortina. Como en casa en ningún lado, suspiramos satisfechos después de un gran trago.

Cuando asoma Aurora por la puerta, algunos no podemos evitar consultar el reloj. Demasiado tarde en la opinión de todos. Se sienta con prisas para completar la mesa de cuatro, junto a Javier, Ángel y Bruno, que ya ha dejado el móvil y ahora sonríe al aire vacío. Y es que esto tiene una vocación docente. Y el aula es sagrada, amigo. Los jueves son lectivos, deben justificarse ausencias y retrasos.

Somos un reducto. Los únicos que, al parecer, encajamos en este bar. Un puñado de convivientes desconocidos en su agujero. Ocultos detrás de nuestras mascarillas.

Luis me explica el cine. Y el flamenco. Ponemos a parir a los arquitectos municipales y a la cerámica de Talavera. Nos gusta hacerlo con unas cañas en el cuerpo, con cierto tono, no sea que la crítica a las artesanías y la administración se nos vaya a quedar blanda. Otra ronda, Ramón. Y ahora un poco de paté. Luis sólo lo prueba.

Es a esa hora que entra Pepe, que ha cerrado su bar, y, como una  sombra, pasea entre las mesas husmeando, cuando algo se desborda. Cuando alguien decreta que ya se puede fumar y se sacan ceniceros, se arriman las estufas, que el frío cala, y pasamos al otro lado de la barra a servirnos porque Ramón se ha sentado en una de las mesas. Él también tiene derecho, justifica, y se pone una copa. Entonces, es como si la conversación necesitara expandirse, salir de la circunscripción de cada mesa. Cuando Hilario comienza con la ciudad, el problema de la carga y descarga, y se le replica, porque alguien tiene que traernos esta cerveza, digo yo; y enseguida conocemos si Javier y Aurora son, o no, partidarios de las decisiones del gobierno; cuando Bruno argumenta quejas sobre las terrazas, con la pandemia han copado las aceras, se atropellan derechos de peatón. Y dos mesas se juntan, se forma un gran círculo donde debatir quejas municipales.

Hoy es jueves, uno más de pandemia. Pero alguien ha reparado en que podría ser Nochebuena. Nos habíamos olvidado. Te habitúas a los días iguales lo mismo que a todas esas manchas en la pared. Los incorporas al inventario habitual de sucesos. El tiempo es persistente, como la humedad.

La mayoría apuran su consumición. Ramón recoge el toldo y baja el cierre: el bar queda sumido en esa luz melancólica y expresionista, parece adquirir un carácter privativo. Y Ángel se acerca a nuestra mesa con su copa de vino en la mano. Se sienta y nos habla de Checoslovaquia y Cuba, de sus viajes a los últimos reductos del comunismo. Y lo explica todo muy bien. Y otra ronda, Ramón, que esto es interesante. Otra ronda, que hoy es Nochebuena. Aunque Luis viene cenado.

Diciembre 2020

Dedicado a mi amigo Luis Parages

miércoles, 6 de enero de 2021

ANÍS DEL MONO

 

El Jose miró el descampado. Al fondo estaban los bloques. Tendrían que atravesar los grandes charcos. Más cerca había varios coches abandonados. Señaló el Xantia y calculó la distancia. Bajaban la rampa del puente peatonal sobre la M-40. Pero ella apenas se sostenía ya. Anochecía, les salía vaho por la boca. Putos maderos, maldijo, nos han visto por las cámaras.

Cambió de idea al llegar al coche. Miró a la Mari y continuaron.

 

Nada más entrar en el portal, ella se recostó en la pared y comenzó a respirar de forma agitada, como si quisiera tragar más aire del que le correspondía. La ayudó a ponerse en pie. Hay que buscar uno libre, dijo. Vamos, inténtalo, no me jodas ahora, Mari, que los tenemos encima. Refulgió una luz azulada en aquel interior y pudo verse la estrecha escalera, las paredes costrosas, la huella de lo que un día fueron buzones.

La cerradura del tercero B cedió al destornillador produciendo astillas; después de la patada, la puerta chirrió para quedar en una posición de derrota. Vamos, dijo el Jose, está vacía. Hay luz, comprobó al pulsar el mecanismo. Olía raro, pero era mejor que un coche, desde luego, pensó ella, que entró en un cuarto y se tumbó sobre una cama recién hecha de hace años. A su lado, una muñeca de brazos y piernas rígidos miraba al infinito extasiada.

La cocina estaba sucia, olía a grasa rancia. Mil hormigas y otros invertebrados del mismo rango que punteaban la encimera parecieron azorarse al verse con luz.

En el mueble bar del salón había varias botellas de etiquetas descoloradas. Una era de Anís del Mono, estaba pegajosa. Echó un trago. La mesa camilla tenía faldillas y el brasero conectado a un enchufe medio desprendido de la pared. Tapetes de ganchillo sobre los brazos de un sofá de escay granate. Gente antigua en fotos.

El pequeño pasillo daba a dos dormitorios. En uno: la Mari, retorcida de dolor, intentando arrancarse los vaqueros. La colcha comenzaba a mancharse de sangre. Un armario con ropa vieja y adornos ingenuos e inútiles en una balda; crucifijo sobre el cabecero. En el otro dormitorio: la hueca y dilatada ausencia de un matrimonio.

Después de inclinar la bombona y aplicar el mechero al piloto, presionó la perilla de encendido; tras varios intentos, una explosión sorda iluminó el interior del calentador. Comenzó a brotar una llama temblorosa que finalmente se mantuvo. Abrió la puerta del fondo del pasillo. Era el baño. Exiguo. Olía mal. Encontró un barreño y se puso a llenarlo con agua caliente tal y como le había ordenado la Mari entre gritos desesperados. Se escuchó una sirena lejana de policía. Le pareció que se acercaba.

Sacó dos abrigos de un armario y los dispuso sobre la cama grande, en la habitación vacía. De pronto, olió a alcanfor. Aporrearon la puerta de entrada con violencia.

Cogió a la Mari en brazos y la tendió en la cama grande. La desnudó. Se quitó el plumas para cubrirla con él todo lo que pudo. La Mari se quedó con las piernas abiertas. Se serenó y comenzó a respirar de forma más pausada. Parecía concentrase en algo, como si un escondido instinto le estuviera dictando qué hacer mientras acercaba más trapos cerca de sí. El barreño, coño, gritó. Y el Jose obedeció asustado. Tuvo que echar otro trago de anís.

Abre de una puta vez, escuchó en la entrada. Y otros tres golpes aún más fuertes que la serie anterior. El Jose sacó la pipa y la empuñó con fuerza mientras intentaba acodar aún más la puerta con el mueble de entrada. Al que pase lo dejo frito, advirtió, ¿me habéis oído? Putos maderos, maldijo. Hubo silencio.

Corrió al dormitorio. La Mari lo miró. Llama a alguien, me cago en la puta, ¡llama ya, hostias! Gritó. Y se desvaneció después de un largo alarido, cuando a un chorro de líquido enrojecido que le salió entre las piernas le siguió la pequeña cabeza con algo de pelo.

 

Con la ayuda del hacha acabó con la oposición de la puerta. Tres golpes certeros. Entró despacio, con la herramienta en guardia. El otro iba detrás, fue el que gritó: sal de donde estés, no queremos ocupas en nuestro bloque. Con un marcado acento asiático. El tercero se llamaba Abdou. Se protegían con mascarillas y guantes.

El Jose se incorporó un instante cuando los vio enmarcados en la puerta del dormitorio. La Mari sollozaba con la mirada puesta en el gurruño de sábanas sucias que sostenía entre sus brazos. De él escapaba un débil sollozo limpio, el resto de un llanto recién estrenado. No apartaban la mirada de aquella especie de nido. En el suelo, restos de cordón umbilical y un cuajo oscuro e informe manchaban el dibujo de una alfombra gastada. El Jose temblaba.

Se puso de parto en mitad del atraco, dijo. Oportuna que ha sido siempre. Tuvimos que salir de najas y vi los bloques. Las pensiones están cerradas por la pandemia. La madera se nos echaba encima y este piso estaba vacío. Nos iremos en cuanto podamos. Bajó la pistola y miró a la Mari. Bebió anís.

Vimos el brillo del calentador por el patio y supimos que había entrado alguien, dijo el del hacha. Somos inmigrantes. Ocupamos el bloque A cuando nos desahuciaron. El virus. La policía no entrará, tranquilos. Al menos hoy. Dejó el hacha y se acercó a la Mari. Los otros dos le siguieron y los tres se quedaron atónitos a los pies de la cama, como adorando la escena recién descubierta. El Jose se puso entonces junto a la Mari y le pasó un brazo por detrás para que pudiera recostar la cabeza; en esa mano sostenía la botella de Anís del Mono.

El revistero del salón ofrecía una estructura estable y de un tamaño adecuado al recién nacido. El bloque entero pasaba por allí para verlo.

Era un varón sin nombre, nacido la noche del 24 de diciembre de 2020. Dormía.

Diciembre 2020

Finalista en el concurso de relatos de Zenda Libros #unaNavidaddiferente

sábado, 17 de octubre de 2020

LAS DOSCIENTAS, LAS QUINIENTAS Y LAS MIL

 

El camino dobla y desciende con suavidad hasta deslizarse entre dos cerros por los que asoma la aguja del campanario. Se recorta nítida sobre un cielo madrugador. Abajo, en el fondo del ribazo, corre el arroyo invisible al caminante. Le delatan el cañizal y la chopera, a la que una primera brisa apenas consigue agitarle unas copas.

El paisaje parece a estreno. Amanece.

La sombra del feriante oscurece una porción de arena. Es alargada. Anda preciso, confiado, y aumenta el paso alentado por el barrunto del pueblo; ha de llegar temprano si quiere un buen sitio en la plaza, este año hace bueno y entrarán ganancias, se cree.

El carro que empuja se vuelve mudo cuando abandona la tierra y toca los primeros adoquines de la calle principal. Anuncian su llegada con voces unos niños: ¡el tío ruleta, el tío ruleta!

El feriante no los mira pero se deja acompañar por ellos hasta la plaza.

 

Paga su tasa en el rincón de la botica. El alguacil va de traje de pana y tiene una garrota gorda y una chapa en la solapa; un bigote ancho y una gorra inglesa de caza complementan su autoridad.

Buen sitio, se oirá bien el reclamo, piensa: ¡la ruleta de las doscientas, las quinientas y las mil! Tres veces, alargando las sílabas acentuadas.

Deshace el hato y monta la ruleta sobre la mesa: el eje, las guías y los números; engrasa el rodamiento y, con el latigazo seco de su mano, lanza la primera tirada del día: ra ta ta ta ta ta, las doscientas. Ra ta ta ta ta ta, las quinientas.

El sonido de la pestaña flexible golpeando los bulones en el extremo de los radios es hipnótico; al ruido de esa metralleta metálica se agolpan niños. El feriante les espanta: veros si no tenéis cuartos.

En la distancia, la mirada del alguacil domina toda la plaza: ancha, terrosa, diametralmente cruzada por cuerdas con banderines que se juntan en la farola central. La churrera monta su sartén; abre la caseta de tiro; un grupo de músicos se arropa con la sombra del árbol gordo.

Empieza de nuevo: la ruleeeeeta, las doscieeeeentas, las quiñeeeeentas y las miiiiil. Uno de los mozos que beben a la puerta del mesón le grita: ¡El tío de la ruleta! ¿A quién desplumas este año, pájaro? El feriante da una tirada: ra ta ta ta ta ta ta, las mil. Luego calla.

 

Después de la procesión la luz anega la plaza, ciegan los muros de cal, desprenden olor a verano; lucen vestido nuevo algunas mozas, sonríen al piropo de los solteros.

El feriante ya ha hecho los primeros duros y los guarda en el bolsillo del chaleco, los recuenta con insistencia de forma mecánica con las yemas de los dedos. Parece suavizar su mueca un tanto, este año va a ser bueno, se dice.

El alguacil recorre los puestos con su garrota golpeando el suelo.

El sol parece haberse parado en lo alto, deslumbra el cielo. La dulzaina renueva los ánimos y el vermut y el vino avivan las apuestas. El feriante calienta la ruleta, concede dos premios; le han hecho corro y corren los duros. Ra ta ta ta ta ta, ¡casi, por una!

 

Come a la sombra de los soportales, la navaja rebana la hogaza y pincha las tajadas de carne, echa algún trago de la frasca de vino —A duro mi frasca, feriante, como a duro tu tirada, le ha dicho antes el tabernero—. El calor aplasta el suelo, sume al pueblo en una siesta de silencio y remolinos de aire abrasador. El feriante, sentado, se encoje dentro de sí mismo, parece mínimo, mira la plaza con la espalda apoyada sobre la fresca piedra. Se hace preguntas que nadie escucha antes de quedarse traspuesto; entonces, recrea un río, un río ancho que discurre lento y un carro acampado donde llora un niño.

Buenos cuartos hiciste, ruletero, le espabila una voz. Melchor el de la pólvora acaba de llegar. Amarra dos mulas a la verja del ayuntamiento y, con paso cansado, se acerca al soportal para ocultarse del sol. Llego seco, se queja secándose el cuello con un pañuelo blanco. ¿Cuándo tuvimos este calor para la Virgen?, dime ruletero.

Hubo años, contesta con voz aguardentosa, hubo años. Y se incorpora, se cala la gorra, recuenta con las yemas los duros.

Se cuentan de pueblos y ferias, de tormentas que arruinan las ganancias, de alguaciles celosos y de caminos lentos; de noches al raso, de la fiesta de Ciudad que viene ya pronto y de la muerte de Perico el saltimbanqui; de su viuda que queda sola y sin paga, con un hijo en malos pasos.

Melchor queda un instante callado, mira el vacío de la plaza. Va en busca del alguacil.

 

El aire pesa, se oscurece el cielo cansado, mil golondrinas lo agitan. Se prepara el baile. Un joven con sombrero se acerca chuleando. Toma, ruletero, y déjame darle a mí que no me fío, dice al tirarle un duro. Pero la ruleta no suelta premio y alarga otro duro de seguido; dos más, ya encelado. Mala suerte, caballero. El rico se le queda mirando con un tinte acre en los ojos sospechando la trampa antes de estamparle la última moneda en el pecho. Ra ta ta ta ta ta, ¡por una! El rico da un puñetazo a la mesa que hace vibrar las varillas. Vete por donde has venido, ladrón. Y se marcha.

 

Un saxofón ronco arranca el primer pasodoble, dos parejas se echan al centro. Ordena, limpia y guarda los alambres y los ejes; repasa bulón por bulón y pliega la mesa. Todo va al carrito que tapa con una manta y ata fuerte con la pita. Cuenta los duros que lleva en la talega.

No se dio mal este año, se despide de Melchor, que está afanado.

La noche está ya encima, rasgan la tierra las ruedas del carrito. El feriante silba acaso algo entre dientes cuando se adentra en una nueva oscuridad.

jueves, 6 de agosto de 2020

INSTRUCCIONES PARA VOLAR A ÁFRICA

 

Estoy seguro, cerca de vuestra casa hay un aeródromo. Y no es extraño encontrar allí apasionados de los aviones antiguos, viejos pilotos que aún disfrutan sintiendo el aire en su cara. Podréis reconocerlos por sus gruesas cazadoras de cuero, por los mapas mal doblados que asoman por cualquiera de sus bolsillos y, definitivamente, por esa afición a las barras donde exageran viejas historias.

Contratad a uno de ellos y disponed todo para la partida.

Os aconsejo equipaje ligero, un avión siempre lo agradece. Imprescindibles cazadora y botas fuertes, buenas gafas de sol y un pañuelo que os cubra la cabeza. Mejor ropa transpirable; no intentéis ahorrar en la tienda de campaña. Antes de despegar, indicadle a vuestro piloto que no abandone rumbo 180. Recordadle también que no estorban las cartas de navegación y un buen manual de vuelo en la guantera de un avión.

No os habréis acomodado aún en la carlinga cuando estaréis sobrevolando el Estrecho de Gibraltar. Observaréis que allí dos mares se juntan en un peñón. Con seguridad os moverá el levante allá arriba. Esa bruma suele enfriar el rosto, pero rápido aclarará y podréis distinguir un paisaje verde, quebrado; un sin fin de casitas blancas se derraman salpicando sus laderas. Tan pronunciadas muchas de ellas, que desembocan en playas inmensas y abiertas hechas de espuma y sal; envueltas por esa luz que os parecerá nueva.

Inmediatamente el piloto recibirá la señal de un radiofaro; junto a él, una gruta: es África.

Vuestro piloto ya sabrá que puede volar bajo sobre la amplia llanura del Gharb. El poniente fértil tapizado de cereal, de cartesianas tramas de olivo. Aún pueden encontrarse monedas romanas con el arado. No le costará encontrar un pedazo de campo despejado para vuestra primera escala. Montad la tienda y descansad. El atardecer puede ser un buen momento para charlar. No le creáis todas las historias; tampoco las echéis en  saco rotro. Se os hará tarde al amor del fuego, pero despegad con la primera luz.

Esa jornada no será extraño ver ahí abajo mercados bulliciosos en los cruces de los grandes caminos. Hasta topar con una pared rocosa de una cordillera cicatrizada por gargantas. Una vez rebasada, se precipita hasta amansarse en el amplio pedregal que vuelve la vista marciana y ajena al mundo. Allí el viento parece no haber encontrado nunca límites y pulveriza sin tregua la roca en arena formando el Gran Desierto.

 

Protegeos del sol. Llevad abundantes reservas de agua. No intentéis atravesarlo de una vez. Aterrizad y dejad que descanse el piloto. Revisad el motor. Escuchad la Tierra. Llorad, si sabéis, bajo la eterna noche azul. Escuchad las rocas estallar. Poned nombre a una estrella y bautizaos de toda esa inmensa soledad.

Serán varios días despegando al amanecer, ganando altura, luchando contra las tormentas de arena. Hay quien prefiere ponerle vaselina al exterior del motor para protegerlo del polvo fino y voraz. Sólo así podréis dejar atrás las dunas para llegar más lejos.

Un día, el suelo irá perdiendo ese tono ocre. Abajo, os señalará el piloto una gran mancha verde. Encontraréis una frondosidad enmarañada de lianas y pantanos por la que serpentean ríos oscuros y lentos. Volad alto a la vista de la selva tropical, evitad las capas más húmedas. Si no fuera por el viento, podríais escuchar variados sonidos aviarios o la premonición misteriosa y amenazante de los tambores. Montad guardia a la puerta de la tienda cada noche rifle en mano. La selva no perdona al viajero incauto.

Pronto será el momento de esa botella que acomodasteis entre la ropa. El piloto os indicará latitud 0º. Abridla y brindad. Un cielo nuevo os espera esa noche.

Pero antes de lo esperado, cuando la piel parece haberse acostumbrado ya a la transpiración y los insectos, en una transición inadvertida incluso para los ojos más atentos, el suelo se os volverá adusto, arbustivo. El paisaje se irá alisando, propicio para lances de caza y carreras, pensaréis de inmediato. Con el sol ya a la espalada, encontrareis las primeras manadas espantadas por el ruido del motor. Os llamará al tacto la textura suave de su piel de hierba, sus grandes árboles solitarios; a la mirada el incendiado anochecer recién aterricéis. Se os ensanchará el espíritu, creedme.

Pedidle al piloto un último vuelo rasante al amanecer. Allí el horizonte no parece poner obstáculos al pensamiento. Luego Despedidlo. Quemad el avión. Contemplad la esbelta columna de humo y no os arrepintáis. No busquéis nunca la forma de regresar.

 

A Santiago, que lo inspiró, como tantas otras cosas.

Toledo, agosto 2020